En todo viaje (incluso
el creativo) no hay lugar más prohibido que aquel del que partimos,
salvo cuando el lugar viene con nosotros. Eso se advierte en la obra
de Ainize Txopitea.
Ella empieza en la poesía, pero éste (ella lo sabe) también
es su destino. Por eso no toma partido por un camino u otro (llevando
el camino con ella cualquier territorio se hace transitable). Por eso
en ella convive lo que vuela y lo que se arrastra, lo escondido y lo
visibilizado, la palabra y la imagen (hecha o capturada) como signos
de un mismo deseo, a veces soñado, a veces sentido en el cuerpo
y siempre hecho lenguaje, lanzado al mundo, para que el mundo lo lea
en su mismo idioma, ideogramático, híbrido, fragmentado,
múltiple, sin disciplinas que lo limiten, claro y contradictorio,
perturbando el arte de una época banal desde dentro y con la
única réplica vital posible: la poesía. Y ella
parece decir: “Aquí os dejo mi piel, en el signo (culmine
pájaro o letra)”.
Versos trasmutados en imagen, esperando en palabra o sin barrotes que
la limiten a un solo lugar en que posarse. Ella lo sabe y juega a que
la domestica en recintos planos y rectos, sabiendo que la pregunta,
la palabra (incluso la no dicha), no habitan solamente donde se escribe
y, por eso, si lo observan advertirán que una ausencia circula
en todas sus obras. Como si, habiéndose derramado en ellas, un
halo post-matérico quisiera llevarse algo para sí, ocultando
o tachando. Ella lo sabe. Lejos de desaparecer, lo tachado y lo tapado
(no duda, no error) se vuelve diacrítico. Y queriendo esconderse
se hace más visible. Como aquello que tememos que nos arrebaten
y para evitarlo fingimos que ya lo hemos perdido nosotros “voluntariamente”,
que está desechado, para sólo así salvarlo.
Por eso en sus obras late una ausencia, de indeterminación, de
posibilidad. Aquello que sin ser negociable se pone en cuestión
para que aparezca en quien observa o lee: los lazos que vinculan los
fragmentos de un paraíso despedazado de sueño y naturaleza.
A modo de hilo invisible esa ausencia contiene un mensaje para quien
quiera le(v)erlo (guardada en un sueño está la llave).
Allí donde su obra culmina siempre tres visiones conversan: naturaleza,
sueño y lenguaje y entre ellas: el cuerpo (naturaleza) y la máquina
(sueño) fundidas ciborg con hilos del telar de Ada (hilos que
escriben). Ella no es un ella-collage-sin sentido, ella es mujer. Ella
está en la imagen robada al cielo, al agua o a la tierra, recompuesta
con ceros y unos. Un océano de posibilidades que se van y uno
al que llegamos.
Pero estos océanos parecen ser circulares y cuando creemos salir
de ellos nadando, en botella de cristal o en barca, nos damos cuenta
de que se funden en las mismas aguas. Como si el trazo del lápiz
y la manipulación tecnológica nos llevarán al mismo
lugar, un lugar futuro donde seguimos viendo lo mismo que allí
de donde salimos, que allí de donde venimos. En el viaje creativo
los signos parecen rememorar hipótesis rituales y antropológicas
sobre el origen poético y afectivo del lenguaje. Y éste
también como su destino.
Allí los signos y las palabras casi nunca se recomponen sobre
el blanco (como la vida, la letra tiene su imagen-contexto). Bajo las
palabras la imagen no ilustra, se mimetiza, y el conjunto final parece
surgir de un filtro que destila poesía, curiosamente un filtro
cuyas gotas nunca son homogéneas.
Hay en ella una salida catártica ante la vida, la muerte, el
tiempo y el amor. Un destino que parecen seguir sus instrumentos gráficos
(también se duelen y tienen corazón) y por eso la mina
rota sangra líquido rojo, vaporoso, deshilachado y etéreo,
como lo que ha dejado de escribir ¿Qué sino amor puede
producir un lápiz de venas rojas cuya sangre vuela en el aire?
Hay además un intento de recuperar el rostro evidenciando su
pérdida, o de agarrarse al cuerpo cuando se intuye su menoscabo.
No es tanto lo que escribe en la espalda, floritura del despiste, mensaje
paralelo, sino lo que abrazan sus manos, quién abraza su cuerpo.
La necesidad de agarrarse a sí misma para ser, para impedir que
desaparezca, para amarse y que el cuerpo no se desvanezca desalentado
por la máquina, fragmentado entre los sintagmas, palabras y letras
de tantos lenguajes que la visten.
Porque en el cuerpo hierven las palabras que a veces de manera incontenible
consiguen escapar por la carúncula lagrimal, por el pelo, por
la boca. Sólo es posible contenerlas cerrando los ojos, dejando
de ver. Sólo tachando los ojos (con las manos) es posible verse
a sí misma, ver el cuerpo y recuperarlo antes de que se deshaga
fragmentado en letra.
'
La puesta en escena del caos y el orden no se hace desde la alternancia
de ambos, sino desde su implosión, como quien actúa pensando:
Con esto no me basta. Debe haber más que una cara y su reverso,
algo al otro lado del otro lado. Seguro que alguien, al igual que yo,
puede verlo. Ella (la obra de Ainize Txopitea) es poesía. Y ella
parece decir: “Aquí os dejo mi piel y no sólo lo
profundo”.